El verano también remueve: cuando bajar el ritmo hace visibles emociones que durante el año pasan desapercibidas

verano y soledad

«Debería estar disfrutando, pero no me siento bien»

Cada verano escucho alguna versión de esta frase.

Personas que han esperado con ganas las vacaciones y que, sin embargo, cuando por fin llegan, se sienten más irritables, más tristes, más solas o más ansiosas de lo habitual.

Y entonces aparece una sensación incómoda: «No entiendo qué me pasa. Si tengo tiempo libre, debería estar mejor.»

Pero la realidad es que el bienestar emocional no siempre funciona como esperamos. A veces, precisamente cuando dejamos de correr, empiezan a aparecer cosas que llevaban tiempo esperando ser escuchadas.

Cuando el ruido baja, escuchamos más

Durante gran parte del año vivimos inmersos en obligaciones, horarios, trabajo, responsabilidades y prisas.

Ese ritmo constante puede convertirse, sin que nos demos cuenta, en una forma de mantener ciertas emociones en segundo plano.

Cuando llega el verano, muchas de esas exigencias disminuyen. Hay más tiempo, más espacios vacíos y menos distracciones.

Y es entonces cuando algunas personas se encuentran con sentimientos que llevaban meses evitando: cansancio, tristeza, dudas sobre la pareja, sensación de soledad o insatisfacción con aspectos importantes de su vida.

No porque el verano los haya creado, sino porque ahora hay espacio para percibirlos.

Más tiempo juntos no siempre significa más conexión

Las vacaciones también modifican nuestras relaciones.

Parejas que durante el año apenas coinciden pasan a compartir muchos más momentos. Familias que viven separadas se reúnen durante días o semanas. Personas que viven solas tienen más tiempo para tomar conciencia de esa soledad.

Estos cambios pueden ser muy agradables, pero también pueden hacer visibles tensiones que normalmente quedan ocultas bajo la rutina.

A veces descubrimos que llevamos meses funcionando más como compañeros de logística que como pareja.

O que determinados conflictos familiares siguen activándose cada vez que nos reunimos.

El verano no inventa los problemas. Muchas veces simplemente los hace más visibles.

La presión de disfrutar

Existe además otro ingrediente que suele pasar desapercibido: la expectativa.

Las redes sociales, la publicidad y el imaginario colectivo nos transmiten una idea muy concreta del verano: descanso, felicidad, planes, viajes y desconexión.

Cuando nuestra experiencia real no coincide con esa imagen, podemos sentir que hay algo mal en nosotros.

Sin embargo, sentirse triste, perdido, ansioso o confundido en verano no significa que estemos haciendo algo mal.

Significa que seguimos siendo personas, incluso cuando estamos de vacaciones.

La soledad también se nota más

Para algunas personas, el verano amplifica una sensación de desconexión.

Los cambios de rutina, las ausencias, los grupos que se dispersan y la percepción de que «todo el mundo tiene planes» pueden despertar sentimientos de aislamiento.

No es raro que en esta época aparezcan preguntas sobre los vínculos, la amistad, la pareja o el lugar que ocupamos en la vida de los demás.

Y aunque resulte incómodo, a veces estas preguntas contienen información valiosa sobre necesidades que durante el resto del año quedan tapadas por la actividad cotidiana.

Una invitación diferente para este verano

Quizá no necesitemos aprovechar cada minuto, hacer el viaje perfecto o sentirnos bien todo el tiempo.

Quizá podamos utilizar este periodo para escucharnos con un poco más de curiosidad y menos exigencia.

Preguntarnos:

  • ¿Qué emociones aparecen cuando bajo el ritmo?
  • ¿Qué necesito realmente en este momento de mi vida?
  • ¿Qué aspectos de mis relaciones me generan bienestar y cuáles me desgastan?
  • ¿Qué estoy descubriendo de mí que durante el año no había podido ver?

Recuerda:

Este verano puede ser una oportunidad para descansar, pero también para tomar conciencia.

A veces lo que emerge durante las vacaciones no es un problema nuevo, sino una parte de nosotros que llevaba tiempo esperando atención.

Escucharnos no siempre es cómodo. Pero suele ser el primer paso para comprendernos mejor.

Y quizás, más que exigirnos disfrutar, podamos permitirnos algo más valioso: estar presentes en lo que realmente nos está ocurriendo.

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